Hace un par de meses, durante el invierno, uno de los poemas que nació lo dediqué a la casa en la que vivimos, nuestro actual hogar, Tiyoweh Yul. Tiyoweh, voz nativoamericana que significa Quietud; Yul, voz mogol, que significa Más allá del horizonte. Unas palabras nunca pueden expresar el sentir de lo vivido y recibido aquí estos 12 años y medio. Este poema tal vez se acerque algo, con la caricia de sus versos, que brotan del corazón.
Sólo deciros que han pasado muchas bellas experiencias, muchos momentos gratos de amistad, de trabajo compartido, de risas, de ver surgir poco a poco el hermoso jardín, pulmón verde de la casa. Hace poco, partió la hermosa secuoya que ya vivía aquí cuando llegamos, y que no pudo adaptarse al cambio climático de los muy secos últimos años. Ahora, que las lluvias de inicio de primavera barren generosamente desde hace una semana el paisaje con su manto de agua nutricia, y con la majestuosa montaña del Mirlo (1600m) -que veo desde la ventana del comedor mientras os escribo- más nevada que nunca, es un buen momento para homenajear a este lugar y a todas sus criaturas visibles e invisibles. Gracias!
‘Tiyoweh
Yul’, Amado hogar
Y me dabas
tú.
Esos frescos ratos de siesta gatuna
en el ombligo árido de aquellos veranos
donde el fuego arrogante barría la tarde.
O esas noches plácidas, casi indolentes
donde gustaba recrearme,
junto al jardín lleno de vida,
en el hacer nada
bajo esculpido palio estrellado.
Y me dabas tú.
Compartíamos esas luces tamizadas
que gustaban de aliviar tus paredes
cansadas de tanto calor.
Seguían luego las rojizas, amarillentas hojas,
jugando entre tus suelos,
arremolinadas por el vanidoso soplar
del viento otoñal.
Ellas, anticipando
la llegada del buen frío,
de la amable lumbre,
manantial siempre leal
manando del corazón del hogar.
Y me dabas tú.
La quietud sin fin
de esos limpios, majestuosos
días de invierno, embajadores
de austeridad regalada.
Al tiempo volvían los atrevidos brotes,
preñados de la genuina promesa
de otro verde renacer.
Pugnaban por ocupar la escena,
creciendo.
Como agradecía regresar
en la tarde acabando
hasta tu seguro abrazo.
Cálida madriguera curtida por tantos
íntimos diálogos entre los dos.
Y me dabas tú.
Las jornadas laboriosas, llegadas
con el largor de altaneros días primaverales.
Sintiéndome útil al fin
por poder embellecer tus orillas,
por volver a rejuvenecer tu piel,
con la vuelta del canto a la vida.
Y así nos iba.
Aguerridos, entusiastas tripulantes
sobre la inquieta deriva
del trotar de los años.
Tejiendo juntos la canción de amor,
y sin querer, coqueta
ella forjándose historia.
Al tiempo me fui doblegando
al filo de tu querencia,
bajo el
crisol de tu magia,
arte y ciencia.
Cuando me olvidaba,
perdido entre revolcadas imposibles
por los charcos del mundo,
ahí aparecías tú,
inmensa y dulce a la vez,
sin ningún reproche.
Y me dabas tú.
Aún me sigues dando
Amada casa.
Nuestra canción continúa su suave silente tonada,
a la vera de otros amores humanos,
más demandantes.
Entre el arrope de tus raíces,
zumo de canela y sal,
nutriendo mi alma.
Agrandando para siempre
el abrazo de tu cobijo infinito.
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