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Integrar en feng shui: la Senda del reposo conduce a la unidad

     Corren unos tiempos, realmente a veces parecieran volar, donde la prisa y el ruido no sólo retroalimentan el excesivo hacer, a costa del ser y del sentir, sino que nos alejan más y más de vivir las experiencias que ocurren integrándose con armonía en un espacio común. Es la denominada cultura del consumo a toda costa, y de la competitividad individualista. En feng shui decimos que estamos polarizando la sociedad y los paisajes hacia el yang extremo, vaciando el yin que antes nos conectaba con la naturaleza, sus ciclos, y con el sentir.

   ¿Qué nos sucede? ¿Nos lo llegamos a preguntar alguna vez con sinceridad? Y, sí lo hacemos algunos, ¿escuchamos de donde aflora la respuesta? ¿En el cuerpo, en la casa? Esta manera de vivir 'para llegar a fin de mes' cueste lo que cueste, deja tirados sobre las cunetas de los itinerarios recorridos nuestros valores, nuestra atención, nuestra sensibilidad, etc. Ni siquiera somos conscientes del precio que pagamos por esta supervivencia, alejándonos de la paz, el arte, el corazón. A menudo, la falta de momentos de parada y verdadero reposo impiden el reconocer otras posibilidades, el principio de una apertura.

  El camino incierto que a veces conduce a unas personas a la indagación vital, a partir de crisis de variado contenido, o tras décadas de gris existencia, puede significar abordar el juego del feng shui, aprender a retomar la vida explorando las coordenadas de la gran metáfora que es nuestra casa. La casa, el hogar, el territorio de lo privado, antaño a salvaguarda de agresiones -si no físicas, sí emocionales-, donde aún reencontrarse y cultivar el corazón. También hoy en día, en medio del carrusel moderno que pretende vaciarnos de la parte del descanso y el estar sin hacer, la metáfora de la casa como espacio abierto, lleno de puertas donde explorar nuestra reconexión con la vida, sigue ahí, esperándonos con sus muros abiertos de par en par.

 Para aquellos individuos que puedan ir más allá de caer agotados en sus lechos, tras agotadoras jornadas cargadas de estímulos excesivos y de un entramado electromagnético bombardeando sin parar, la casa está esperando a quien de verdad se plante delante del espejo y se vea, tal vez por primera vez, mientras respira profundamente sin hacer nada. El espacio de la casa es generoso en sus entramados de formas, colores, objetos y significados para iniciarnos en soltar la madeja y encontrar algún cabo suelto, que nos indique donde queda la senda del reposo. En el mirarse que nos lleva al sentir, ese espacio abierto nos habla con ternura, nos evoca viejas canciones de raíces, tierra mojada y aromas del buen vivir.

  Al explorar, cual hacíamos de niños en los terrenos cercanos a las casonas veraniegas, vamos descubriendo que los ámbitos de la vida, en principio excluyentes entre sí y demandantes de tiempo, trabajo, valor y aprecio, son sólo manifestaciones de un todo; como las distintas habitaciones son parte de una casa, que soy yo, y que es la vida. Por este camino del reposo, vamos sintiendo y sanando: menos hacer, más estar. Dejar al espacio de la vida que se revele cual tal es. Permitir a la unidad de la vida mostrarse en su extensión, pacífica e inmensa. Sin etiquetas. Sin planes.

 Sólo oscilando y bailando como las estaciones en la naturaleza, como la danza eterna del yang del día con el yin de la noche. Sólo eso, dejarse mecer. Párate un rato, y permite a la vida que te corteje, déjala sacarte a bailar. En sus brazos encuentra el gozo del espacio infinito que es el Océano de la vida: eso que tú eres.











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