Nuestro hogar: Raíz y calor
Hogar, dulce hogar. Sí, la frase es muy conocida, pero qué personas pueden afirmar de verdad que disfrutan de una morada plena y vital. Nuestro estilo de vida tecnológico, acelerado y ruidoso tiende a alejarnos de habitar un buen lugar. Nuestra sociedad hace tiempo ha olvidado la conexión con la naturaleza como base de salud y armonía. Lo vemos en nuestro modelo de urbanismo moderno, en los paisajes urbanos que crecen a expensas de las leyes de los mercados, y que deshumanizan nuestro vivir.
Con todo, es bien importante que retomemos el
vínculo con la tierra, disfrutemos de su cercanía y podamos sentir
nuestra pertenencia al lugar,
el amor al terruño que se decía antiguamente. Nos replantearemos volver a habitar en casas que estén cerca de la
tierra, ajardinaremos los espacios entre viviendas y volveremos a escuchar los
ritmos de las estaciones, y como pulsan también en nuestro interior.
Necesitamos emplear materiales
constructivos naturales, que permitan respirar a las casas y también las
doten de aislamientos eficaces y sostenibles. Además, estos materiales serán un
foco de salud, y no de enfermedades como sucede ahora. Revertiremos los
procesos de alergias e intoxicaciones así como de tensión por estar expuestos
de contínuo a campos electro-magnéticos dañinos, y volveremos a recuperar
la alegría de crear arte en casa con nuestras manos.
Fruto de estas directrices
sensatas, nuestra casa se convertirá en nuestra saludable tercera piel, junto
con la ropa también hecha de tejidos saludables. Si nuestra vivienda respira, nosotros podremos
respirar con ella, y desarrollaremos un sentimiento de pertenencia al lugar, enraizando en él.
Cuando despertemos cada día con la certeza de
pertenencia a un lugar concreto, podremos salir al mundo exterior confiados y
amigables, sin ánimo de conquista y depredación. La tranquilidad que da sentir
como la tierra, cual madre amorosa, nos arropa y nos nutre con las delicias del
hogar, genera una oleada de paz y bienestar. Podemos prescindir de escudos y
exigencias que habitualmente se dan en la relación humana.
Actualmente la
mayoría de las gentes de las urbes parecen deambular enloquecidas, sin rumbo, y
mendigando un lugar donde pagar por tomarse algo para que alguien les brinde
compañía. Para poder acariciar durante unos pocos instantes la calidez de un espacio agradable, antes de volver a
sumergirse en la vorágine del estrés y el sinsentido. Al volver de noche a
casa, agotados, apenas hay ganas de nada, más que tirar la ropa a un lado, y
engancharse a un rato 'de relax' frente al televisor o el ordenador. Y
claro está, con las migajas no se alimenta un Hogar.
Cuando de verdad experimentemos la llamada de
nuestro corazón para emprender 'la vuelta a casa', la visceral llamada de la
selva, sabremos que ha llegado un momento de reescribir el guión de nuestra
vida. Y cuando nos abrimos a cambiar, sólo entonces, podemos hacer posible que
el calor de la vida empiece
a restaurarnos, devolviéndonos la conexión perdida con el sabio instinto. Esa
calidez, que experimentamos hablando con el fuego en la chimenea, dejándonos atrapar en su baile de luces.
Poco a poco, el artista de nuestro interior, el sabio, la hechicera y la niña,
van asomándose y creando retazos de vida saludable entre nuestros muebles y
pertenencias. El calor transformador del fuego nos limpia y nos cura de los
'males modernos', y nos devuelve al buen lugar, al espacio sagrado del corazón.
“Necesitas tus raíces. Mi abuela Aanakasaa no se cansaba de repetir:Tienes que estar bien arraigado para que camines por la vida erguido y lleno de fuerza, tal como corresponde a tu destino, ahora y en todo tiempo.”
Angaangaq, líder de las tribus inuit

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