La casa como un ser
Los siguientes párrafos inspiradores son del libro de Denise Linn 'Hogar Sano':
"Una casa es el reflejo de uno mismo. Refleja nuestros intereses, nuestras
creencias, nuestras vacilaciones, nuestro espíritu y nuestra pasión. Transmite
aquello que pensamos de nosotros mismos y del mundo que nos rodea. Una casa es
algo más que un lugar en el que descansar y refugiarse de los elementos.
Es un espacio en el que uno puede ponerse en contacto con el universo. Es un punto
de intersección en el tiempo y el espacio que puede atraer o repeler la
energía. Su casa puede ser un lugar de renovación y de esperanza. Puede ser un
santuario en el que refugiarse y recargar las pilas durante períodos de cambio;
un oasis en medio de la confusión.
Las
casa pueden ser centros de curación y regeneración. Su casa no sólo puede
ayudarle a estar más fuerte y sano, sino que, además, puede ser un modelo de
armonía en el que usted y todo aquel que entre será invitado a ascender a un
nivel superior de frecuencia espiritual superior."
Para entender cómo proceder a despejar el espacio de su casa, primero ha de
comprender y aceptar estos principios: Todo está compuesto de energía que
cambia constantemente. Usted no existe independientemente del mundo que la
rodea. Todo tiene consciencia. Si entiende estos principios será
consciente de que su casa está compuesta de energía; no existe
independientemente de usted; es un ser que evoluciona."
A muchas personas que sólo consideren a la casa como un mero espacio
arquitectónico a ser usado, les chocará esta descripción de nuestra casa. Una
acepción eminentemente racional, que excluye sentimientos y visión, no cuadra
con esta manera de considerar el hogar. De alguna manera, la persona ha
de llegar en su vida a comprender que lo real es algo más que lo que podemos
ver o medir y tocar. Y, sin embargo, muchas culturas nativas del planeta desde
milenios viven en función de esta visión holística de la vida. Para
ellos, sus espacios son sagrados y
pulsan llenos de energía y magia. Los consideran úteros y nidos, donde alimentarnos y regenerarnos, donde importa
que lo mejor de las fuerzas de la naturaleza impregne de salud los
lugares que habitamos.
Esta acepción de la vida está llena de agradecimiento en vez de prepotencia o
presunción por controlar -y ensuciar- la naturaleza, la gran madre.
Nosotros podemos aprender cuidando
nuestras pequeñas casas, el cuerpo-mente y nuestro hogar. Hemos de
dejarnos enseñar para gradualmente ir entreviendo y sintiendo los misterios de
la vida. Y sí es cierto que podemos convertir nuestros hábitats en lugares saludables, más aún
sanadores. Porque la belleza y el amoroso cuidado son fuente de sanación. Y una
casa que expresa estas cualidades hace que sus visitantes se sientan en ella
reconfortados y queridos. Nuestra sociedad estresante precisa de volver a introducir belleza y paz, alegría y magia en
las casas, en los sitios donde nos regeneramos de nuestras aventuras y
esfuerzos en el mundo exterior.
Para ello,
volvamos a crear dentro de nuestros hogares, disfrutando con lo que expresen
nuestras manos al construir o cultivar, nuestra voz al cantar y nuestro cuerpo
al bailar y al amar. Restituyamos sencillamente la facultad de aportar vida al entorno que nos rodea, y gozar por
ello.

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