Conectar con el espíritu de un lugar
En etapas de cambio significativo en nuestra vida a menudo ocurren cambios de
casa. Cuando nos mudamos nos fijamos en consideraciones externas (trabajo,
relaciones, dinero), y solemos pasar por alto la 'llamada interna' que nos
lleva a buscar una energía ancestral diferente, la que se relaciona con cada
tierra. El viaje exterior de cambio de casa entraña también un viaje interior, que pasa
necesariamente por una reconexión. Dejamos de pertenecer a un lugar, con todas
sus características especiales, y aterrizamos en otro, con el que precisamos
entrar en relación. Vamos a pasar un tránsito que nos permita enraizarnos
en él con éxito, para después atraer lo que necesitamos vivir en la nueva etapa.
El
nuevo lugar ha de presentar condiciones buenas para el desarrollo de la vida,
para la armonía en el hogar. A veces se va huyendo de algo o de alguien, aunque
conscientemente no lo sepamos. Pedimos al sitio que nos recibe que sea plácido,
acogedor, que los niños crezcan jugando, y los ancianos disfruten de la puesta
de sol en su vida. También nos gusta rodearnos de naturaleza sana, exuberante,
que nos ayude a conectarnos con la
madre Tierra, con los ritmos sanadores de la vegetación y del cosmos; y
pasear, dejar que la mente se relaje, que el cuerpo se llene de sensaciones
agradables, nutricias.
Tras haber aterrizado en un lugar, es importante disfrutar de él y crear
belleza día a día. Desarrollemos nuestra creatividad en cada rincón de la casa,
en los patios y jardines que la rodean. Dejémonos moldear por cada material que
usemos, por sus texturas, colores y aromas.
Se trata de ir estrechando nuestra persona con la de la casa, en una creación
mutua de hogar cálido, amoroso. Con el paso de las estaciones, la
experiencia de vivir en un determinado sitio nos va calando, dejando profunda
huella en el suelo de nuestra alma.
Tal vez dejemos en unos años ese lugar para llegar a ser felices en otro, pero
continuará junto a nosotros la memoria de lo vivido allá, de todo lo que
crecimos y compartimos en su día dentro de esos muros.
Con
el paso del tiempo, un buen lugar
hace más grande a sus moradores, les otorga un brillo genuino, propio de
la unión en libertad con las fuerzas ancestrales del terruño. Como árboles
del bosque, crecemos frondosos, maduramos al amparo de un buen fuego de
chimenea en invierno y bajo la sombra fresca de un tupido emparrado en
verano.
Desde ese lazo
profundo y sereno que nos une a la casa, otorgándonos sólidos cimientos, nos
abrimos al mundo en dicha compartida con familiares y amigos. La casa pide
poco, tal vez sólo sentirnos un poco ella misma, aprender a escuchar en
silencio para incorporar cambios cuando hagan falta. Y sobre todo, le gusta
oír cantar nuestro alegre corazón ebrio de felicidad. Con
el paso del tiempo, un buen lugar
hace más grande a sus moradores, les otorga un brillo genuino, propio de
la unión en libertad con las fuerzas ancestrales del terruño. Como árboles
del bosque, crecemos frondosos, maduramos al amparo de un buen fuego de
chimenea en invierno y bajo la sombra fresca de un tupido emparrado en
verano.
Desde ese lazo
profundo y sereno que nos une a la casa, otorgándonos sólidos cimientos, nos
abrimos al mundo en dicha compartida con familiares y amigos. La casa pide
poco, tal vez sólo sentirnos un poco ella misma, aprender a escuchar en
silencio para incorporar cambios cuando hagan falta. ¡Y sobre todo, le gusta
oír cantar nuestro alegre corazón ebrio de felicidad!

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